Una persona entra a su vida sin que ella lo desee, lo hace de improvisto, casi como un divertimento o una casualidad, en la liviandad de sus vidas se ven atraídos y no se niegan ni a sus pesares, ni a sus cuerpos.
Se unen, si es que semejante cosa fue jamás posible y se esmeran por negar la desdicha y la fatalidad que suele atacar a aquellos que osan llamarse juntos.
Finalmente él muestra señales de lejanía, y ella lo invita a saciar su sed, y él lo hace y ella sueña bajo un manto de promesas de amor eterno y te quiero electrónicos.
Ella espera toda su vida. El vuelve ocasionalmente a sus brazos abiertos, ella nunca lo ve en sus retornos, sino que añora, llora y se lamenta, pues él en realidad nunca vuelve a su a amor, sino que lo hace a la comodidad de lo certero, a la serenidad de aquello que se logra sin esfuerzo.
Ella de allí en más habita solitaria en una pintura obscura, en un muelle mirando al horizonte como si aquel fuera acaso un marinero.
jueves, 7 de octubre de 2010
viernes, 17 de septiembre de 2010
Coritiba Brasil – a modo de disculpas, para el doctor.
El avión se atrasa y me obliga a pasar 24 horas mas en territorio enemigo. Camino por las calles de Coritiba e intento encontrarles algún encanto, pero como toda ciudad sobrepoblada no lo posee. Insisto y me alejo a una zona de cierto tono bohemio nocturno, que podría ser evocada por el cancionero burdo español. Al pie de un canal que deja surcar lentamente un rio un lugareño me hace seña con una botella de alguna bebida y sin nada mejor que hacer me acerco al muchacho, humilde, de color, brasuca. Hola balbuceo, Argentino exclama y me abraza alegre. El compañero me sabe dirigir de bar en bar presentándome conocidos adoptándome bajo su ala noctambula y errante, lo descubro poeta, amante y demasiado joven para tener el corazón roto. En uno de tantos bodegones que sabe hacerme atravesar, en una pared despintada como ninguna otra, encima de una mesa que han sabido usar las prostitutas para atraer clientes a la bebida; encuentro su firma y encima las siguiente palabras.
Deja de creer tus propias mentiras.
No todo fue así como tú lo decís,
también hubo un tiempo…
…que fuimos felices.
Atorrante en el amor…
… esa fama no me enorgullece.
Le cuesta a un plebeyo como yo
ser el héroe en cuentos de princesa.
El Brasil melancólico y sensible, de Capuletos y Montescos que se vuelven patrones y desposeídos. De sensibles artistas callejeros, de princesas de colegios privados. Barrios llenos de miseria y lujuria, de azoteas de empresarios y helicópteros que se posan sobre ellas, tal libélulas avezadas.
Me vuelvo a enamorar de la idea de Rio de Janeiro que antes supo defraudarme.
Deja de creer tus propias mentiras.
No todo fue así como tú lo decís,
también hubo un tiempo…
…que fuimos felices.
Atorrante en el amor…
… esa fama no me enorgullece.
Le cuesta a un plebeyo como yo
ser el héroe en cuentos de princesa.
El Brasil melancólico y sensible, de Capuletos y Montescos que se vuelven patrones y desposeídos. De sensibles artistas callejeros, de princesas de colegios privados. Barrios llenos de miseria y lujuria, de azoteas de empresarios y helicópteros que se posan sobre ellas, tal libélulas avezadas.
Me vuelvo a enamorar de la idea de Rio de Janeiro que antes supo defraudarme.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
O melhor do mundo
En Brazil la gente habla Portugues y grita en vez de hablar, son ruidosos, extrovertidos y su soberbia, aunque parezca una idiosincrasia sin precedentes, si es mayor a la de los porteños. Nuestros extremadamente alegres vecinos han tenido una mejoría económica que los convertirá inevitablemente en gordos comedores de hamburguesas, se pasearan por el resto del mundo, regodeándose en el, como si les perteneciera y serán secretamente odiados tal hoy sucede con los estadounidenses. Estos sin embargo más desinhibidos y menos pacatos que sus antecesores del norte me resultan más agradables, sin embargo verlos pasearse por las playas en zunga es un pecado que jamás les podre perdonar.
Vuelvo como el tango, se acaban las vacaciones y las ganas de andar sin rumbo. Extraño las librerías de calle Corrientes y escuchar a la gente silbando por las veredas.
Vuelvo como el tango, se acaban las vacaciones y las ganas de andar sin rumbo. Extraño las librerías de calle Corrientes y escuchar a la gente silbando por las veredas.
sábado, 11 de septiembre de 2010
De esta y otra de mis vidas
Ayer llegue al parque nacional Canaiama, lugar de ensueños que desde pequeño dibujaba en incontables láminas, soñaba con descubrir su indescriptible imagen en medio de una densa y peligrosa selva. Esa noche acampe solitario y taciturno no hable con nadie, me acerque a una fogata y dormí a su lado negado a la limitada comodidad de mi tienda. A la mañana siguiente evite tomar la excursión como había planificado y emprendí un camino a travez de lo que resta de la selva en dirección desconocida, utilice un machete que nunca supe como obtuve para abrirme paso. Camine agotado llevando mis fuerzas físicas al límite y preocupado pensé en el Capitán de Berrio y encontré fuerzas en saberlo enfermo y aun así nuestro indiscutible e incansable líder. Avanzamos así durante toda la mañana el agua ya inexistente se hacía mas y mas necesaria, pasado el medio día alcanzamos un claro y nos arrojamos al piso tan exhaustos, que cualquiera hubiera dudado de que nuestros corazones latiesen todavía. El Capitan Fernando de Berrìo y Oruña, el único hombre todavía en pie levanta la vista al cielo, se quita su enorme sombrero y sonríe. El resto de los hombre siguen la dirección de su mirada y se ponen de pie, luchan con el sol que intenta negarles la visión de una belleza jamás contemplada por los hombres del viejo mundo, es un ángel dice de Berrìo con un marcado acento segoviano.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Santa Maria, San Miguel y Cuzco
En la esquina de -Qapaq Inqa- y -Gral. Arenales- de la ciudad de Cuzco me subo al colectivo de la línea 12. Me senté pasando el medio pero sin llegar al fondo, y un pueblerino ya me seguía con la mirada. Recorrimos varias cuadras o varias paradas, no lo sé. El hombre se me acerca.
- Usted está perdido.
- Si, puede ser, ¿Cómo sabe?
- Tiene esa mirada de la gente que mira como tratando de ubicarse.
Mientras me habla se sienta a mi lado y me incomodo, pero disimulo, por un segundo su tez oscura y su vestimenta humilde me llenan la mente de racismo y un prejuicio inusitado. Me enojo conmigo mismo, me aterrorizo de mi persona, me calmo y lanzo una sonrisa, espero convincente.
- Jejej puede ser, si. Tu…ehh perdón, ¿Su nombre?
- Juan Carlos, Allauca ¿Y el suyo?
- Heberto, Heberto Odriozola. Igual dígame Heber.
- ¿De dónde nos visita Heberto?
- De Argentina.
- ¿Y de qué lugar de Argentina nos visita?
- De Entre Ríos.
El tipo se me queda mirando entonces levanto mis brazos al aire y le indico, -si acá esta Buenos Aires, acá-; indico con mi otra mano encima, -está Entre Ríos-. Finalmente el hombre me sonríe así que entiendo que él me comprende.
- ¿Hay buena pesca en Entre Ríos?
- Y hay… como todo, en algunas zonas más en otras menos, pero si, si hay.
- De aquí son los mejores pescadores, pero nuestros ríos no son buenos tenemos que ir más al norte, donde los pescadores son malos. Jajaj,
Ríe dejándome ver su escasa pero alegre dentadura. Su rostro se convierte en un millón de arrugas risueñas y adorables. Entreveo muchas cosas, su vida, su esposa fallecida, sus hijos que lo visitan poco, el trabajo en la mina, el dolor nunca aceptado de haber tenido antepasados dioses y luego esclavos; todo eso veo en su rostro contraído y sus dientes ya casi inútiles. También veo alegría y mucha felicidad de vivir en una tierra hermosa y de saberse vivido y libre.
- ¿Para donde va este bondi? - El hombre me mira como si nada. ¿El colectivo, el bus para donde va?
Juan Carlos es el mismo, pero ya no me hablaba con respeto y curiosidad, ahora lo hace con autoridad y certeza. No me sorprende.
- No lo sé, pero no se preocupe porque vamos hacia el norte. Nada malo puede suceder si vamos hacia el Norte. Conocemos el sur y nada hay allí para nosotros.
- ¿Cómo que nada?
- Usted tiene cara de perdido… pero no como todos los demás que suelen andar perdidos. En el rostro de los que están perdidos siempre veo también miedo. Y usted no tiene miedo en su mirada.
- Quizás es la costumbre. En mi país todo se hace por costumbre. Todo lo que no debería ser pero es al menos.
- ¿Entonces usted está acostumbrado a andar perdido y por eso no tiene miedo?
Miro por la ventana y no veo nada que me sea ni remotamente familiar. Estoy en un bus que marcha en dirección norte sin saber bien a donde. Personas a mí alrededor no se parecen a la gente que me rodeo durante toda mi vida. Desdeñan del castellano, hablan un idioma suave y de acentos finales y otro que no se parece a nada que jamás haya escuchado, pero que entiendo también es mío, ambos hermosos.
- Si, supongo que sí.
Le digo mientras le sonrío.
Nota al margen:
El 10 de Julio de 1816 Las provincias unidas del sur se declaran libres. Desde la ciudad de Santa Maria de los Buenos Aires el congreso imprimió 3.000 ejemplares de la gloriosa acta de independencia. Mil copias estaban en Quechua y quinientas en Aymará. Solo la mitad de ellas estaban en castellano. Me pregunto quienes fueron los libertos y quienes los opresores aquel día.
- Usted está perdido.
- Si, puede ser, ¿Cómo sabe?
- Tiene esa mirada de la gente que mira como tratando de ubicarse.
Mientras me habla se sienta a mi lado y me incomodo, pero disimulo, por un segundo su tez oscura y su vestimenta humilde me llenan la mente de racismo y un prejuicio inusitado. Me enojo conmigo mismo, me aterrorizo de mi persona, me calmo y lanzo una sonrisa, espero convincente.
- Jejej puede ser, si. Tu…ehh perdón, ¿Su nombre?
- Juan Carlos, Allauca ¿Y el suyo?
- Heberto, Heberto Odriozola. Igual dígame Heber.
- ¿De dónde nos visita Heberto?
- De Argentina.
- ¿Y de qué lugar de Argentina nos visita?
- De Entre Ríos.
El tipo se me queda mirando entonces levanto mis brazos al aire y le indico, -si acá esta Buenos Aires, acá-; indico con mi otra mano encima, -está Entre Ríos-. Finalmente el hombre me sonríe así que entiendo que él me comprende.
- ¿Hay buena pesca en Entre Ríos?
- Y hay… como todo, en algunas zonas más en otras menos, pero si, si hay.
- De aquí son los mejores pescadores, pero nuestros ríos no son buenos tenemos que ir más al norte, donde los pescadores son malos. Jajaj,
Ríe dejándome ver su escasa pero alegre dentadura. Su rostro se convierte en un millón de arrugas risueñas y adorables. Entreveo muchas cosas, su vida, su esposa fallecida, sus hijos que lo visitan poco, el trabajo en la mina, el dolor nunca aceptado de haber tenido antepasados dioses y luego esclavos; todo eso veo en su rostro contraído y sus dientes ya casi inútiles. También veo alegría y mucha felicidad de vivir en una tierra hermosa y de saberse vivido y libre.
- ¿Para donde va este bondi? - El hombre me mira como si nada. ¿El colectivo, el bus para donde va?
Juan Carlos es el mismo, pero ya no me hablaba con respeto y curiosidad, ahora lo hace con autoridad y certeza. No me sorprende.
- No lo sé, pero no se preocupe porque vamos hacia el norte. Nada malo puede suceder si vamos hacia el Norte. Conocemos el sur y nada hay allí para nosotros.
- ¿Cómo que nada?
- Usted tiene cara de perdido… pero no como todos los demás que suelen andar perdidos. En el rostro de los que están perdidos siempre veo también miedo. Y usted no tiene miedo en su mirada.
- Quizás es la costumbre. En mi país todo se hace por costumbre. Todo lo que no debería ser pero es al menos.
- ¿Entonces usted está acostumbrado a andar perdido y por eso no tiene miedo?
Miro por la ventana y no veo nada que me sea ni remotamente familiar. Estoy en un bus que marcha en dirección norte sin saber bien a donde. Personas a mí alrededor no se parecen a la gente que me rodeo durante toda mi vida. Desdeñan del castellano, hablan un idioma suave y de acentos finales y otro que no se parece a nada que jamás haya escuchado, pero que entiendo también es mío, ambos hermosos.
- Si, supongo que sí.
Le digo mientras le sonrío.
Nota al margen:
El 10 de Julio de 1816 Las provincias unidas del sur se declaran libres. Desde la ciudad de Santa Maria de los Buenos Aires el congreso imprimió 3.000 ejemplares de la gloriosa acta de independencia. Mil copias estaban en Quechua y quinientas en Aymará. Solo la mitad de ellas estaban en castellano. Me pregunto quienes fueron los libertos y quienes los opresores aquel día.
lunes, 30 de agosto de 2010
Salar de pedernales
En Valparaiso no pase mas de cuatro noches, ya a la tercera harto del ocio y el agua caliente, me compre un libro de Neruda y partí rumbo al Sector C o Region de Atacama.
El salar de pedernales es inaccesible y bastante mas lejos de la costa de lo que el mapa de Chile daria a pensar. Lejos de la belleza e inmensidad de su homonimo en Uyuni, la soledad repentina ha hecho que el lugar cobre un sentido magico del que en realidad carece.
Me tomo un mate y releo uno de los poemas que mas me gustaron, o uno de los pocos porque en realidad no me gustan mucho los poemas. Miro el cielo y me sorprendo solo en medio de un desierto de sal rodeado de montañas y un puñado de personas lejanas y taciturnas. Me arrimo a la puerta de mi carpa y me decido a utilizar la escasa bateria de la notebook para escribir este post.
Tras el tercer amargo, un viento humedo y pesado como el de Buenos Aires arremolina mi pelo y por un instante pienso que no cerre la puerta con llave. Me siento ironizado por las casualidades.
Tan lejos pienso, y todavia no me puedo escapar.
Pienso...
...pienso que soy un boludo.
El salar de pedernales es inaccesible y bastante mas lejos de la costa de lo que el mapa de Chile daria a pensar. Lejos de la belleza e inmensidad de su homonimo en Uyuni, la soledad repentina ha hecho que el lugar cobre un sentido magico del que en realidad carece.
Me tomo un mate y releo uno de los poemas que mas me gustaron, o uno de los pocos porque en realidad no me gustan mucho los poemas. Miro el cielo y me sorprendo solo en medio de un desierto de sal rodeado de montañas y un puñado de personas lejanas y taciturnas. Me arrimo a la puerta de mi carpa y me decido a utilizar la escasa bateria de la notebook para escribir este post.
Tras el tercer amargo, un viento humedo y pesado como el de Buenos Aires arremolina mi pelo y por un instante pienso que no cerre la puerta con llave. Me siento ironizado por las casualidades.
Tan lejos pienso, y todavia no me puedo escapar.
Pienso...
...pienso que soy un boludo.
domingo, 22 de agosto de 2010
La ansiedad, el nerviosismo, la angustia y el miedo contenidos en mí.
El jueves me acosté tarde y el viernes, por desgracia, me levante temprano, desayune unos mates y un cortado que me dejarían espabilado, pero nervioso el resto del día. No habiendo llegado a la mitad de la jornada el dueño de la empresa para la que trabajo me llama a su oficina para tener “una breve reunión”.
Cinco minutos más tarde estoy en el baño del cuarto piso con el rostro mojado mirándome al espejo, desconociendo mi propio rostro, viendo desdibujarse la familiaridad de este, segundo a segundo. Me prometo que no es importante, que no me afecta, que no me molesta la opinión de un multimillonario incoherente. Debo admitirlo, tiemblo, temo, el corazón me palpita; prácticamente lloro. Todas mis ideas sobre lo que quise ser y lo que soy se revuelven inconscientes en mi cabeza. Me siento un boludo igual me inquieto.
Dos horas más tarde (no se, no recuerdo lo sucede durante los últimos 120 minutos) estoy en el correo argentino frente a un amable hombre que me explica cómo llenar el formulario. Llego a mi casa ansioso, agitado como si se me hiciera tarde para algo importante. Saco toda la comida de la heladera, me conecto al home banking y adelanto tres pagos de alquiler a la inmobiliaria, meto, ropa, cámara, charango y demás pertrechos en una desvencijada mochila de 60 litros.
En retiro me aburro porque tengo que esperar 7 horas, con mis manos todavía temblando escribo este post, pero no me atrevo a publicarlo. Me digo que prefiero estar seguro de lo que hago, que no quiero publicar algo que todavía no se si me animo a hacer.
Viernes 20 de agosto, ciudad autónoma de Buenos Aires.
Hoy es, probablemente el domingo más feliz y desconcertante de mi vida. Me siento apenado de que el desencadenante haya sido tan poco romántico, pero igual me reconozco oportunista.
Me comprometo a no visitar capitales, a no quedarme en ningún lugar más de 7 días. Estoy en un pequeño ciber café en una pequeña casa ubicada en un humilde barrio de Valparaíso. Hoy ya se que me animaba. Pienso en un niño que sueña con ser bombero, pienso en el monumento que visitaba de pequeño en mi ciudad natal, hecho en honor a los héroes de las llamas. Pienso, y luego respiro el aire del Pacífico que es nuevo y único para mí.
El próximo será publicado y escrito desde cualquier lugar al norte de estas latitudes.
Cinco minutos más tarde estoy en el baño del cuarto piso con el rostro mojado mirándome al espejo, desconociendo mi propio rostro, viendo desdibujarse la familiaridad de este, segundo a segundo. Me prometo que no es importante, que no me afecta, que no me molesta la opinión de un multimillonario incoherente. Debo admitirlo, tiemblo, temo, el corazón me palpita; prácticamente lloro. Todas mis ideas sobre lo que quise ser y lo que soy se revuelven inconscientes en mi cabeza. Me siento un boludo igual me inquieto.
Dos horas más tarde (no se, no recuerdo lo sucede durante los últimos 120 minutos) estoy en el correo argentino frente a un amable hombre que me explica cómo llenar el formulario. Llego a mi casa ansioso, agitado como si se me hiciera tarde para algo importante. Saco toda la comida de la heladera, me conecto al home banking y adelanto tres pagos de alquiler a la inmobiliaria, meto, ropa, cámara, charango y demás pertrechos en una desvencijada mochila de 60 litros.
En retiro me aburro porque tengo que esperar 7 horas, con mis manos todavía temblando escribo este post, pero no me atrevo a publicarlo. Me digo que prefiero estar seguro de lo que hago, que no quiero publicar algo que todavía no se si me animo a hacer.
Viernes 20 de agosto, ciudad autónoma de Buenos Aires.
Hoy es, probablemente el domingo más feliz y desconcertante de mi vida. Me siento apenado de que el desencadenante haya sido tan poco romántico, pero igual me reconozco oportunista.
Me comprometo a no visitar capitales, a no quedarme en ningún lugar más de 7 días. Estoy en un pequeño ciber café en una pequeña casa ubicada en un humilde barrio de Valparaíso. Hoy ya se que me animaba. Pienso en un niño que sueña con ser bombero, pienso en el monumento que visitaba de pequeño en mi ciudad natal, hecho en honor a los héroes de las llamas. Pienso, y luego respiro el aire del Pacífico que es nuevo y único para mí.
El próximo será publicado y escrito desde cualquier lugar al norte de estas latitudes.
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